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¿Los peatones se van al cielo?

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¿Los peatones se van al cielo?

Por: Carlos Monsiváis

 


El escritor mexicano hace un acercamiento a la vida de aquellos que andan a pie por las grandes metrópolis del mundo. Explora sus temores, sus pensamientos, sus obstáculos y sus retos, y su relación con el monstruo de los automotores.

Casi nunca los peatones disfrutan los paisajes de la arquitectura o las disposiciones del azar, porque la prisa se los impide.

En la Ciudad de México, y por definición, el peatón es lo opuesto al paseante, una especie asediada y vulnerada en cualquier metrópolis. Guiado por apremios de hogar, trabajo o miedo, descaradamente pragmático, el peatón es un repertorio de miradas de reojo y de opiniones fugaces que suelen disolverse antes de completar la frase.  Por eso, no suele disfrutar los paisajes de la arquitectura o las disposiciones del azar, ¿a qué horas? La prisa del peatón busca igualar la rapidez que la ciudad ejerce, y por eso no concibe los tiempos muertos.

 Hace mucho que incluso para los desempleados caminar en las zonas céntricas no es vagabundear, y el que redobla el paso abandona las metamorfosis urbanas, oscurecidas por las impresiones al vuelo.  Y en este punto la prisa se asemeja a su contraparte, las reflexiones circulares en el hastío de colas y embotellamientos.  Al carecer de premisas y de corolarios, por lo común,  lo velocísimo y lo inmóvil se identifican, y en las vacaciones la gente usa su tiempo para espiarse perdiendo el tiempo sin prisa y sin pausas forzadas.

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En la ciudad, el peatón se instala como puede entre la indefensión y las certezas mínimas, entre la condición del "minusválido tecnológico" y las audacias a la intemperie. En la mañana, en colonias no muy céntricas, el peatón está relativamente seguro. Pero ya en el territorio de los ejes viales, lo común es que se refugie en las sensaciones de alarma.  Ni modo: el que cruza una gran avenida vive la experiencia a contrarreloj propia de los velocistas, y a sexagenarios y septuagenarios el ritmo de su paso les resulta una sentencia firmada: su lentitud relativa los obligaría a demandar por lo menos diez minutos más de plazo para cruzar el eje vial.  Y ya se sabe, por lo demás: en la noche, esa etapa del día que cada vez comienza más temprano, los asaltantes no distinguen entre motorizados y gente a pie.

 Y lo más drástico: la pesadilla inmaculada de los peatones (la banda de criminales de la mafia rusa que avanza por las aceras a 120 kilómetros por hora) es una profecía incumplible, al convertirse cada acera en una fortaleza medieval.

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No obstante el esfuerzo de las autoridades por eliminar del Centro Histórico al comercio ambulante, éste en donde puede reclama el espacio que le fue concedido a los alejados de las zonas residenciales.  A las aceras le toca la "privatización colectiva", entre forcejeos interminables con las autoridades, las más de las veces inermes ante la conversión de espacios de transeúntes en mercados y simulacros de la explosión demográfica.  Esto se traduce en una creencia: las aceras son de quienes las toman, lo que en calles estratégicas debilita o deshace la última morada protectora de los peatones, ya bajo el peso de la expresión "quedarse literalmente en la calle".

¿Quién necesita a los peatones? Los automovilistas no, salvo como criaturas de escenarios antiguos; las autoridades no, por su incapacidad de organizar marchas contra los semáforos. Los únicos que los alaban y los necesitan son los comerciantes ambulantes, cuya estrategia depende del conocimiento minucioso de los peatones y sus pasiones adquisitivas.

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Los nuevos dueños de las aceras despliegan ante los peatones la actividad que juzgan más amistosa: la piratería, la actividad tétrica destructora del comercio establecido y favorecedora del feroz cacicazgo del ambulantaje, pero que le permite a los ambulantes combinar la embestida contra las industrias legales con la cortesía hacia los peatones, por lo común carentes de recursos para hacerse de las novedades de los CD y los DVD, y agradecidos con los ‘piratas' por su uso rapaz de la tecnología.  Así le va a la sociedad de consumo: genera las necesidades de todos y no promueve la distribución equitativa de los bienes; difunde las excelencias de un producto y lo encarece radicalmente; proclama la modernidad y la quiere volver selectiva. Y no toma en cuenta la avidez  desprotegida y la astucia de los ‘piratas' y sus distribuidores en las aceras, que acortan las distancias entre las clases sociales del consumismo. Y por eso, el ver la misma película al mismo tiempo que Los de Arriba, compensa al peatón por su auspicio de la piratería.

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Una señal de esperanza para el peatón: la crisis profunda de la dictadura del automóvil, entronizada sin apelación desde hace más de medio siglo. Lo que empezó dogmáticamente ("el automóvil no es un lujo sino una necesidad"), se ha vuelto, en los cada vez más frecuentes momentos de crisis, un horizonte de sombras que se desplazan penosamente, si bien les va. Al menos en las horas pico, los conductores se añaden a las "especies en vía de extinción".

A ratos, y en las horas de agonía del atrapado en su vehículo, parece ya un espejismo lejanísimo la victoria histórica de los automovilistas.  Su reinado impune ha concluido. Someten a sus designios a la ciudad y sus autoridades, pero no logran alejar lo inminente, la magna fecha, el Día del Embotellamiento Final, cuando los periféricos, los viaductos y las avenidas se volverán los panteones interminables de máquinas y carrocerías.  En el Día del Embotellamiento Final ningún vehículo avanzará o retrocederá, y no se usarán por inútiles las grúas de tránsito; y el metal oxidado anunciará la Ciudad de los Sargazos, y, vengativo, el peatón saldrá de su refugio de consolación, y hará gala de su indiferencia ante los BMW, los beetles, los mercedes, los corsairs, los cádillacs, los jaguares y ¡hasta eso! el lmperio de los volkwagens.

Y los peatones deambularán por entre las ruinas de los motores.

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El peatón es el estereotipo de la ciudad que crece para comprimirse, es decir, o en otras palabras, es el símbolo del tránsito de una ciudad grande a la megalópolis que arrasa con los derechos urbanos y los sustituye con los privilegios de la resignación. El paseante clásico disfrutaba de los ofrecimientos de la falta de prisa y extraía de ellos las ventajas sociales (en primer lugar) y, luego las ventajas estéticas que conformaban su idea de la ciudad vivible.  El peatón reduce considerablemente su módica "fiesta de los sentidos" al acrecentarse el time is money, y al venir a menos la pasión por los hallazgos, esos que descubren los instantes únicos: la casa en ruinas, el muro cuarteado, la plazoleta desértica, la vecindad a punto de la demolición, la plaza remodelada; el edificio de la nueva arquitectura, la fachada "muy a lo Barragán"... El número de los paseantes es mínimo, y los riesgos de los peatones crecen en proporción geométrica. Y, para completar el panorama, la ciudad deja de rendirle culto al automóvil y lo contrario es lo cierto: el automóvil, penosamente, le rinde culto a la ciudad y sus diluvios de máquinas y personas.

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A como van las cosas, la continuidad de la especie queda garantizada. En cada embotellamiento no exagera el que, a los allí aprisionados, los califica de "peatones en automóvil".

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Sobre

Carlos Monsiváis

 Más allá del periodismo y la literatura 

El literato Adolfo Castañón dice que Carlos Monsiváis Aceves es "el último escritor público en México", porque son pocos los mexicanos que no lo han leído y muchos menos los que no lo reconocerían si lo vieran caminar por alguna calle.

Monsiváis nació en Ciudad de México el 4 de mayo de 1938. Los que lo conocieron en la niñez dicen que era un pequeño catedrático, "uno de esos niños oblicuos y un poco tristones que lo saben todo", escribió en una ocasión su colega Hugo Hiriart.

Monsiváis estudió Economía y Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Después se dedicó a la docencia. Fue profesor de traducción y literatura latinoamericana. De su profesión dice: "Yo no sé si soy periodista o escritor. Pero escribo y vivo del periodismo. Opino que ya es tiempo de desmontar esa división tan tajante". Entre sus libros más destacados están Días de guardar y Amor perdido.

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Comentarios ¿Los peatones se van al cielo?

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wxy1226 wxy1226 28/08/2010 a las 03:52

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